Monday, July 10, 2006

La Plaza Dinamarca


Venía caminando hoy por la calle y de pronto el aroma a pasto recién cortado llenó mi cabeza. Un poco más allá, al doblar la esquina hacia la casa de mis padres, de pronto observé a una tropa de niños jugando rugby...en la misma calle en la que yo crecí jugando fútbol, escalando árboles y andando en bicicleta con mis amigos.

Me extrañó en algo el reemplazo del deporte. Y en eso estaba, preguntándome en qué había cambiado Chile como para que un grupo de niños tan morenos como el que más decidiera cambiar el fútbol o "las quemadas" por el rugby, cuando de pronto una pelea estalló sin la más mínima provocación entre ellos.

Por un momento estuve tentada de actuar como adulto, intervenir para pararlos en seco, pero se me vinieron a la memoria una y mil peleas como esa...Y de atrás apareció la imagen de José Ignacio -mi primo-, Roberto -mi amigo- y yo... con la nariz sangrante, callados, escuchando a mi abuela retarnos por comportarnos como "niños de población", mientras la Negra, Ele -mis hermanos-, la Pía -la hermana de José Ignacio- y Ernesto -el entonces hermano menor de Roberto- nos miraban, asustados por los gritos y gesticulaciones de bastón de mi abuela, pero admirándonos cien por ciento por haberlos defendido a brazo partido, con patadas y piedras, de la pandilla de la calle Dinamarca...

Teníamos a los sumo entre 11 y 4 años...y veníamos de vuelta de no uno, sino dos rounds con los malditos de Dinamarca, que creían que la calle completa era de ellos y que se convertían en el obstáculo siempre tentador a eso de las 4 y media de la tarde, cuando, llegados ya todos del colegio, sacábamos las bicicletas y nos juntábamos siempre en el mismo lugar...frente a la casa de mis abuelos....a un cuarto de cuadra de la mía....

Entonces, si era verano, jugábamos un rato con las mangueras...y luego esperábamos el camión de Savory que el papá de Jose nos mandaba, para que eligiéramos los helados desde dentro.

Y si era invierno, apoyábamos las bicicletas en la reja de mi abuelo y practicábamos -liderados por él y en medio de los gritos de mi abuela- el rajarnos las rodillas intentando escalar el mismo ciruelo en el que aprendieron a subir árboles mi mamá y el papá del Jose.

Luego, y en ambas estaciones invariablemente, se organizaba un partido de fútbol que no duraba más de 15 minutos, pero con el cual calentábamos motores y preparábamos adrenalina para el objetivo regular de cada tarde...

...La Plaza Dinamarca...

Estaba a dos cuadras de la casa de mi abuelo, y tenía los columpios más altos, los balancines menos aceitados y el carrusel más rápido de todo el barrio. Y pasto, mucho pasto...y estaba justo a un paso de una tienda de abarrotes en la que el dueño nos vendía unos jugos congelados en bolsita que podíamos chupetear hasta que se les iba el color y quedaban convertido en hielo...

Pero para llegar a la plaza teníamos que estar dispuestos a pedalear a todo los que nos daban las piernas y sufrir uno que otro golpe, porque los dueños de esa calle eran más grandes y agresivos que nosotros. Y, en estricto rigor, la plaza era de ellos.

Así que cuando terminábamos el partido de fútbol o quemadas...nos preparábamos...

Jose, Roberto y yo éramos los más grandes y con las bicicletas más rápidas, luego estaban la Negra y Ernesto, con unas de igual tamaño pero piernas más cortas, de ahí venía la Pía en una con ruedas sin rayos...de esas en las que si dejabas de pedalear dejabas de moverte...y estaba Ele, que tenía una bicicleta increíble por la chochera del papá, pero que a sus cuatro años era incapaz de hacer correr...

Así que a Ele lo llevaba yo, amarrado con un pulpo de esos cargueros a la parrilla de mi bici verde -porque jamás lo habría dejado sólo en la casa aburriéndose-, y su rol era vital...iba con una bolsa plástica llena de peñascos del tamaño de su mano...quizás algo más grandes...

Y partíamos...Jose y yo adelante, en paralelo...luego Ernesto, después la Pía, luego mi hermana y cerrando el grupo, Roberto...

Mi abuelo nos miraba sin decir palabra...sabiendo que tenía que ir a preparar una bolsa de algodón y la botella de merthiolate para nuestra vuelta...y siempre nos decía "pelear por pelear no, pero que nadie les falte el respeto"...

El primer tramo, entre la casa de mi abuelo y la esquina de Dinamarca y El Belloto era de carrera...normalmente ganábamos Roberto y yo, simplemente por ser los más grandes...y entonces doblábamos a la izquierda....Jose y yo adelantándonos en misión exploratoria....

Si a mitad de cuadra no había señales de los enemigos, gritábamos un "daaaaaaaaaaleeeeeeeeeee" y aparecían los demás. Y Ele con las piernas abiertas para no meterlas entre los rayos de mi bici...nuestra peor pesadilla, porque decían que una niña de hacía años había perdido así una pierna...

Aún sin gritos llegábamos a la esquina de Amapolas y Dinamarca. Y entonces...justo cuando nos deteníamos para esperar a que los autos pasaran antes de cruzar...los veíamos aparecer...en fila cruzada, al otro lado de Amapolas...cuidando su territorio...y la plaza al fondo, como premio distante y feliz....

No sé qué le pasaba a los demás...pero sé que a mí el corazón me latía a mil viéndolos. No tenían las piedras que llevaba Ele, pero el menor de ellos tenía ocho y el mayor 14...

Con Jose entrecruzábamos miradas y a "chum primera" nos sorteábamos al "Tatán"...el de catorce...no porque le tuviéramos miedo, sino porque ambos queríamos trenzarnos a golpes con él...y Ele me repetía al oído "Nosotos al Tatán, Mane, yo le tido piedas"...

Y entonces, sobre todo en verano...siempre parecía llegar un gran silencio...ni un auto en el horizonte...todo listo para cruzar....

El pedaleo era rápido y siempre acompañado de gritos como de guerra, todos aullando mientras nos íbamos con todo a atravesar las líneas enemigas. Ele tiraba piedras a ojos cerrados, lo que hacía menos peligrosa la batalla, porque nunca le asestó al objetivo.

Y entonces...una vez... pasó lo impensable...

El Tatán, de una sola trancada, hizo rodar por el cemento medio metro a mi primo...y sus rodillas parecían papel roneo percudido...lleno de esos pedacitos milimétricos de piel levantada cada tanto en el raspado sanguinolento de la abrasión...

"Lo matooooooooooóoooooooooo", me gritó Ele al oído...yo no lo podía ver, pero estaba segura que a sus cuatro añitos estaba asustado, sorprendido y furioso...

Medio segundo en blanco...y entonces alcancé a ver por el rabillo del ojo a un Roberto morado de ira tirando lejos la bicicleta y yéndose con todo contra el Tatán...

No quedó otra. Todos nos bajamos de las bicis. Desaté a Ele... y nos trenzamos en la mejor pelea de la historia del barrio...

Creo que fue la primera vez que sentí un puño en el ojo, y el gusto raro, entre calientito y salado, de la sangre corriéndote nariz abajo...

De forma natural hicimos equipos. La Negra y Ele. Ernesto y La Pía. Jose y yo.

Roberto nunca necesitó ayuda cuando se enojaba. Era una máquina de golpes neuróticos que hasta a sus amigos infundían respeto.

Y, no sé si después de 10 minutos o una hora, pero sí después de sentir que una patada en el estómago me había dejado sin aire y ver entre la respiración entrecortada a Ele restregarle una piedra en el brazo agresor a un Tatán sorprendido del maletero de 4 años...de pronto estaban todos los de la pandilla de Dinamarca dentro de sus casas...gritándonos improperios y mojándonos con las mangueras...

Pero era evidente...habían arrancado...

Parados en la mitad de la primera cuadra de Dinamarca después de Amapolas...a media tarde...con el sol pegándonos fuerte y la sangre comenzando a secarse en rodillas, nudillos y narices...éramos los dueños indiscutidos de la calle....

Lentamente nos dimos el tiempo de subirnos a las bicicletas y hacer una especie de danza tribal sobre ruedas...girando como en carrusel frente a las narices de los agresores...
mientras silenciosos ellos se daban por vencidos y cortaban el agua de sus mangueras....

Entonces enfilamos hacia la plaza...para nada en particular...Sólo llegamos, nos acercamos al jardinero de la plaza que nos dio agua para lavarnos las heridas y después nos echamos de espaldas sobre el pasto mojado...y nos reímos a carcajadas...

Creo que nos columpiamos dos o tres veces, mareamos como siempre a Ele en el carrusel
hasta que los costados de su nariz se pusieron verdes y nos pidió parar...y volvimos a la casa de mi abuelo.

Él estaba esperándonos en la calle, con un bowl de damascos, el algodón, el merthiolate
y unos polvitos que después de limpiar las rodillas nos echó a todos para que las costras fueran limpias...

Y mientras chupábamos los damascos chiquititos que mi abuela después iba a extrañar para su mermelada...haciéndonos los tontos por los gritos que ella daba desde la ventana en la que supervisaba nuestros ires y venires...todos nos reímos como locos mientras agrandábamos la aventura a los ojos del Tata Antonio, que siempre nos hacía creer que se tragaba a pie juntillas nuestras estrategias heroicas...

De pronto volví a la realidad. La pelea había terminado entre los rugbistas, que ahora me miraban, extrañados supongo de que yo estuviera sonriendo mientras los miraba apoyada en la reja de la que ahora es la casa de mis padres.

"Señora, qué hora es?"
Miré mi reloj...las 16:30...
"Chuuuuuuuuuta, mi mamá me va a matar, tengo tareas"
Y a la voz del gordito dueño de la pelota, los peleadores se disgregaron...

Miré mi ropa. Zapatos de taco, artera, traje de chaqueta.
Sonreí...
Di media vuelta y caminé hacia Dinamarca...

Cuando crucé caminando Amapolas...de pronto escuché una voz...

“¿¡Dónde crees que vas?!!”

El Tatán está pelado y harto panzón.
Estaba limpiando un auto rojo, como su bicicleta de aquel entonces.

“Voy a la plaza...¿Me vas a dejar pasar?" lo desafié en broma...
Se tocó el pómulo ...como recordando...
"Si pegas como cuando eras chica...creo que mejor te dejo pasar"...
Nos reímos y seguí caminando...

Cuando llegué a la plaza me tendí de espaldas en el pasto y prendí un cigarro...

Jose y su señora ya tienen dos hijos y están remodelando su casa. Por los dos enanos que ahora traslada en una Subaru Legacy, la Pía ya no corre por Santiago en un 206 igual al de la Mari, que calcula rentabilidades ridículamente enormes en su oficina mientras piensa en los dividendos del departamento. Ele es abogado y está organizando los últimos detalles de su fiesta de matrimonio

¿Y yo?

Yo sigo andando en bicicleta. Siendo igual de pendenciera que a los 11.
Pero no tanto...Ya bajé la cabeza, me compré departamento...y creo que pronto tendré un auto...El problema es que no logro come to terms with the idea. Si fuera hombre, sería una gran broma mi síndrome de Peter Pan. Andaría con minitas de 20, tendría una tabla de surf y un perro compañero de correrías. Lo mismo que pretendo hacer ahora, pero como la gente es wevona, me aconsejan no comprarme mi compañero de correrías, porque en una mujer es signo de solteronía, y andar por ahí en tribus marcadamente masculinas sólo da para pensar que soy un poco puta...y si no cuido la mercadería...¿quién va a querer quedarse con ella después...?

No lo sé. Francamente no lo sé. Pero tengo claro que si sigo haciéndole caso a mi entorno, voy a andar a pastillazo limpio para transitar el día a día, y no por gusto, fiesteo o bacilón. Y esa autoimagen sí que no me gusta.

Tengo ganas de mandar a la mierda al mundo por un rato.

Eso, o encontrarme a un alguien especial...

3 Comments:

Blogger mademoiselle P said...

wua.. te juro que tu historia me ha conmovido atroz... nunca me tocó disputarme una plaza o cosas así, pero las conclusiones del final parecieran ser mías completamente... No estoy dispuesta a seguir la norma por puro dar gusto al resto... no me interesa el tipo de hombre que no se fijaría en mí porque no me he comportado opusdéicamente, me gusta viajar todo el rato y si no fuera porque se necesita plata para hacerlo, agarraría una bici y partiría a aprender la vida al aire.
Muchas -demasiadas- veces me doy cuenta que quedo hipnotizada en recuerdos perdidos, donde no importaba si en vez de trajecito2piezas andaba con pantalones cargo y bototos, donde nunca importó el maquillaje ni la producción, excepto si eran los juegos infantiles llenos de escenografías mentales... En fin, un amigo me putea siempre por mi síndrome de peter pan y yo no estoy segura que sea tan fatal... o si?

saludos,
P

4:05 PM  
Blogger Piranda said...

Mira Maca. Eres una buena persona. Ayudas a tus amigos en momentos difíciles y te has atrevido a tomar decisiones más heavys que elegir tal o cual marca de auto, que seguramente han sido los dilemas más complejos a los que han sido sometidos tus compañeritos de plaza. Le mejor está por venir. No dudes

6:32 PM  
Anonymous El de los últimos detalles del matrimonio... said...

...y me quedé pegado leyendo... es un éxito... las carcajadas al recordar -o imaginarme recordar, no lo sé... las imágenes q creas son demasiado nítidas!!!!

Peter-pan o no Peter-pan, perro o no perro, depa o no depa, me gusta leerte así, más llena de la energía q tienes y q a veces baja...

4:34 PM  

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